August 19, 2015
LO QUE ESCRIBI SOBRE MI PUEBLO NATAL, VICTORIA, EN REVISTA PAULA.

La ciudad del glorioso nombre

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Nací en Victoria (30.000 habitantes, segunda ciudad de la Provincia de Malleco, Región de la Araucanía, distante a exactos 60 kilómetros de Temuco y a todavía más precisos 600 kilómetros de Santiago. Según la definición de Wikipedia, la localidad que marca el inicio del sur de Chile y que toma su nombre de la heroica campaña chilena durante la Guerra del Pacífico. Habrá que creerle a Wikipedia). Y viví en Victoria hasta los 17 años. Crecí, estudié y aprendí a vivir en sus calles, en las casas de los amigos, en las plazoletas y en las esquinas de la Escuela 2, primero, y del Colegio Santa Cruz, después. Creí y dejé de creer en Dios en ese pueblo. Una historia personal. Cuando me vine a Santiago, en 1994, entré al taller literario de Antonio Skármeta y uno de los primeros cuentos que leí era una historia ambientada en Nueva York. El relato era pésimo y a casi nadie le gustó, pero a todos les llamó la atención la descripción que había hecho de Nueva York, les parecía raro que nunca hubiese estado en Manhattan, que jamás hubiese salido de Chile y que llevara apenas dos meses viviendo fuera de un pueblo en medio de la nada (en medio de esa nada mayor que es el sur de Chile). Demasiado cosmopolita para Victoria, decían. Y puede ser. Era mi manera de escapar de esa cárcel abierta que era el pueblo: viendo película; hojeando atlas y mapas; leyendo revistas y libros, de los malos y de los buenos; series de trasnoche; juntando postales y estampillas; sumando piezas de información en una época (Chile en los 80) y lugar donde no había información. Fue mi forma de sobrevivir a ese sur que no tenía nada del bonito sur de las postales, pero que era mí sur, el de las novelas de aventuras Zig-Zag, el Monitor de Salvat y radio Copihue FM; el donde no tener nada de lo que te interesaba te hacía construir precisamente ese todo que te interesaba. ¿Qué le debo a Victoria en lo que soy hoy? El truco pues, la técnica para viajar a cualquier lugar del mundo (y del universo) sin moverme.